Como cada año, antes de la llegada de los Reyes Magos, desde la Asociación AID pusimos en marcha la campaña “Apadrina una carta”. Una iniciativa que, edición tras edición, nos recuerda que los milagros no siempre llegan de forma extraordinaria, sino que la mayoría de las veces se hacen realidad a través de las manos y el corazón de otras personas.

A veces hablamos de milagros cuando alguien se cura de una enfermedad o se libra de la muerte. Otras veces reconocemos que médicos, bomberos o voluntarios son instrumentos de Dios cuando salvan vidas. En esta ocasión, el milagro fue distinto, pero no menos profundo: 26 niños, niñas y jóvenes recibieron sus regalos de Reyes Magos de manos de sus propios padres y madres, gracias a la generosidad de quienes apadrinaron sus cartas.
Pati, Haruna, Marcos, Gondstar, Gloria, Favour, Salman, Wissam, Mayssam, Ismail, Nerea, Naiara, Eva, Yaneli, Antonio, Esteban, Sara Yoana, Johana, Aitana, Anahí, Mohamed, Ibrahim, Amira y Ouassim pudieron vivir ese momento tan especial. Y sus familias tuvieron algo que a veces parece pequeño, pero es enorme: la posibilidad de entregar a sus hijos e hijas un juguete nuevo, como cualquier otra familia del barrio.
El día de la entrega hubo una escena que decía mucho más que cualquier discurso. En la puerta del local, mientras se esperaba, padres y madres charlaban como hacen los vecinos de toda la vida. Pero algo era distinto: se cruzaban palabras en árabe, en idiomas africanos, en castellano; conversaciones que se entrelazaban entre personas marroquíes, nigerianas, latinoamericanas y españolas. En ese instante dejaron de ser “la marroquí del tercero” o “la latina del primero” para empezar a reconocerse por su nombre.


Ahí entendimos que apadrinar una carta es mucho más que regalar un juguete. Es derribar muros invisibles, tender puentes, construir tejido vecinal y apostar, paso a paso, por la igualdad y el desarrollo social. Es crear comunidad.
Gracias a todas las personas que hicisteis posible este milagro sencillo y precioso: el de regalar felicidad y dignidad, y el de demostrar que, cuando se comparte, la Navidad deja huella mucho más allá de un día.
