Querida M. Carmen:
Hoy publicamos la noticia de tu muerte, que vivimos con tristeza y, al mismo tiempo, con la certeza de que disfrutas del abrazo que tanto deseabas con Jesús, tu maestro y amigo.

Como buena aprendiz suya, pusiste en práctica sus enseñanzas: visitar a las personas presas y a sus familias, acompañar a enfermos, dar de comer al hambriento enviando personas al banco de alimentos y pidiendo a Enrique que les diera un buen lote, facilitar ropa al desnudo, enseñar a quien no sabe, atendiendo a hombres y mujeres extranjeros en las clases de castellano, o acompañando en visitas culturales con internos del CIS, y dar un hogar a los “sin techo” al promover y mantener la Casa Mambré, primero para jóvenes y más tarde para mujeres.
Has hecho posibles experiencias de ocio y descanso para niños y niñas del Guadalquivir, para jóvenes inmigrantes, para familias y para mujeres extranjeras cuyo día a día estaba marcado por la preocupación, la soledad, la pobreza, el duelo de haber migrado y la vida en precario.
¿Recuerdas los campamentos de verano en Emaús, en los meses de julio y agosto?

Pero tu vida no se queda ahí. También has participado y organizado Círculos de Silencio a través de la asociación AID, de la que eres fundadora junto con Ana, José Manuel, Manolo, M. José, Enrique y Francisco, para reivindicar los derechos de las personas inmigrantes.
Además, has enraizado toda esta vida en una profunda espiritualidad que has cultivado en tus retiros, ejercicios, tiempos de oración y en tu amistad con Jesús de Nazaret, a quien tanto amas y con quien ya estás.
Gracias, M. Carmen, por tu entrega, sensibilidad, constancia, rigurosidad, comprensión y amor.



